ALEX & CHRISTINA & RAY

Con doce años te comías lo que tu madre te ponía en el plato, tu mayor fuente de información eran las conversaciones con tus compañeros en el patio del colegio y escuchabas la música que ponían en Los 40 Principales. Cuando yo tenía doce años, en los cuarenta sonaban Alex & Christina. Me gustaban. Y si ahora mismo estuvieran sonando “Souvenir” o “Chas! Y aparezco a tu lado”, seguramente podría cantarlas enteras. Iba pasando el tiempo y mis sucesivos descubrimientos musicales me iban apartando de la órbita comercial.
De ahí en adelante, viví una época de descubrimientos. Descubrí que se podía hacer música que no se parecía en nada a lo que sonaba en los cuarenta. Primero el heavy, luego Public Enemy y el rap, luego Anthrax, Metallica, Tom Waits, Lou Reed, la Velvet. A mí Que me parta un rayo, de Christina y los Subterráneos fue un disco que me encantó desde que salió, pero fue en el momento en el que en un concierto que dieron en Alicante, cuando Christina Rosenvinge interpretó sola en el escenario una versión de “Satellite of Love”. Tuve la sensación de que yo sólo entre el público había identificado la canción. Christina Rosenvinge me cayó aún mejor.
Descubrí también en esa época que se podía escribir de otra manera. Descubrí que en España había escritores que no eran señores con traje y un lenguaje rebuscado. Descubrí a Ray Loriga y me deslumbró. Compré Lo peor de todo a los dos días de leer una crítica y la leí varias veces, disfrutándola una y otra vez como quien escucha un disco. Tiempo después, con otras novelas, Loriga me pareció un fraude. Esas cosas pasan. Y le acabé tomando cierta manía a la pareja (Christina y Ray eran pareja y lo siguen siendo), creo que no he sido el único.

Mucho tiempo después, a principios de esta década, navegando entre la obra de los componentes de Sonic Youth descubro que en Smells Like Records, el sello de Steve Shelley, se ha publicado Frozen Pool. Un disco de Christina Rosenvinge grabado en inglés y con Shelley y Lee Ranaldo como músicos de acompañamiento. Me hice con el disco, una auténtica maravilla. Su siguiente disco, Foreign Land, es todavía mejor. Es musicalmente oscuro, obsesivo. Y su voz nunca había sonado tan bien.
Ahora Christina Rosenvinge lanza web (fantástica, por cierto, sólo con ver la intro enamora, obra de filippodellacasa), lanza sello discográfico, llamado Søster, y lanza disco, llamado Continental 62, que supone el fin de su trilogía neoyorquina. Lo que he podido escuchar, el single “Liar to Love”, me hace correr hacia la tienda a buscarlo, cosa que haré en cuanto termine de escribir este texto.

Volvemos atrás, al principio, a Alex, porque desde hace unos meses Alex de la Nuez lleva un blog, Patente de Corso, que como él mismo explicó es lo que diferenciaba a los ladrones legales de los bandidos, es decir, a los corsarios de los piratas comunes. Corsarios que robando en nombre de la corona inglesa, llegaron a ser nombrados como Francis Drake, “Sir”, Caballeros. En él analiza la situación de la industria musical y defiende la postura de que amar la música no puede ser considerado un delito. Él mismo comparte sus últimas creaciones desde esa plataforma.

Y cerramos el círculo con Ray. Porque hace poco, en un impulso, compré la edición de bolsillo de El hombre que inventó Manhattan. Me he reconciliado con Ray Loriga. Sus relatos son directos, repletos de un amor por una ciudad sobre la que se ha escrito tanto que es difícil aportar una nueva visión. Ahora me siento tentado de volver a leer su primera novela, pero no sé si atreverme.

Tres personas, tres artistas, a los que merece la pena dedicarles un poco de tiempo.