Jorge Luis Borges y el doblaje

Da una especial alegría abrir un libro al azar y toparte de golpe con un texto que te llama especialmente la atención. Eso me pasó cuando abrí el otro día el primer volumen de las obras completas de Jorge Luis Borges, donde me encontré con este “Sobre el doblaje”, en la colección de breves ensayos llamada Discusión. El texto tiene prácticamente la misma validez ahora que en 1932 cuando fue publicado originalmente:
Las posibilidades del arte de combinar no son infinitas, pero suelen ser espantosas. Los griegos engendraron la quimera, monstruo con cabeza de león, con cabeza de dragón, con cabeza de cabra; los teólogos del siglo II, la Trinidad, en la que inextricablemente se articulan el Padre, el Hijo y el Espíritu; los zoólogos chinos, el ti-yiang, pájaro sobrenatural y bermejo, provisto de seis patas y de cuatro alas, pero sin cara ni ojos; los geómetras del siglo XIX, el hipercubo, figura de cuatro dimensiones, que encierrra un número infinito de cubos y qye está limitada por ocho cubos y veinticuatro cuadrados. Hollywood acaba de enriquecer ese vano museo teratológico; por obra de un maligno artificio que se lllama doblaje, propone monstruos que combinan las ilustres facciones de Greta Garbo con la voz de Aldonza Lorenzo. ¿Cómo no publicar nuestra admiración ante ese prodigio penoso, ante esas industriosas anomalías fonéticovisuales?
Quienes defienden el doblaje razonarán (tal vez) que las objeciones que pueden oponérsele pueden oponerse, también, a cualquier otro ejemplo de traducción. Ese argumento desconoce, o elude, el defecto central: el arbitrio injerto de una voz y de otro lenguaje. La voz de Hepburn o de Garbo no es contingente; es, para el mundo, uno de sus atributos que la definen. Cabe asimismo recordar que la mímica del inglés no es la del español.
Oigo decir que ene las provincias el doblaje ha gustado. Trátase de un simple argumento de autoridad; mientras no se publiquen los silogismos de Chilecito o o de Chivilcoy, yo, por lo menos, no me dejaré intimidar. También oigo decir que el doblaje es deleitable, o tolerable para los que no saben inglés. Mi conocimiento del inglés es menos perfecto que mi desconocimiento del ruso; con todo, yo no me resignaría a rever Alexander Nevsky en otro idioma que el primitivo y lo vería con fervor, por novena o décima vez, si dieran la versión original, o una que yo creyera la original. Esto último es importante; peor que el doblaje, peor que la sustitución que importa el doblaje, es la conciencia general de una sustitución, de un engaño.
No hay partidario del doblaje que no acabe por invocar la pedestriación y el determinismo. Juran que ese expediente es el fruto de una evolución implacable y que pronto podremos elegir entre ver films doblados y no ver films. Dada la decadencia mundial del cinematógrafo (apenas corregida por alguna solitaria excepción como La máscara de Demetrio), la segunda de esas alternativas no es dolorosa. Recientes mamarrachos -pienso en El diario de un nazi, de Moscú, en La historia del doctor Wassell, de Hollywood- nos instan a juzgarla una suerte de paraíso negativo. Sight-seeing is the art of disappointment, dejó anotado Stevenson; esa definición conviene al cinematógrafo y, con triste frecuencia, al continuo impostergable que se llama vivir.
Asusta un poco, la verdad. Más de 75 años han pasado y seguimos con lo mismo. Luego llegó el DVD, Internet, y muchos nos vimos aliviados. Pero lo que Borges no podía imaginar (y mira que imaginación tenía) era que tantos años después sería otro medio, la televisión, más popular incluso que el cine el que volvería a convertir la versión original en algo habitual a muchos oídos,
donde comunidades enteras se reúnen para traducir, subtitular y compartir los últimos capítulos de las series americanas. Vamos, que este post en realidad es para decir que hoy es viernes y que estoy esperando el subtítulo del capítulo de Lost, serie con la que creo que Borges hubiera alucinado.