Epifanías
La revista Wire, revista de música experimental, extraña y estrambótica, tiene una sección llamada Epifanías, en la que un músico escribe sobre el momento exacto en el que su percepción de la música dio un vuelco respecto a lo establecido. Como se puede intuír del carácter religioso del título de la sección, no pocas veces estas revelaciones tienen que ver con actuaciones en directo.
A estas alturas no he ido a un concierto ni a dos ni tres… He estado en festivales donde he visto 20 conciertos en un fin de semana… Y aún así, hay algo en el momento en el que se apagan las luces y sobre la oscuridad del escenario se empiezan a percibir las formas de los músicos preparándose para empezar quees especial, distinta a cualquier otra sensación que ningún tipo de experiencia artística puede producir.
Quizá el mejor momento de las cosas es cuando no han pasado.
Eso que cantaban Astrud (precisamente el grupo que más veces he visto en directo, unas seis o siete) es mucho más que cierto al hablar de música en directo. A pesar de que la edad nos hace ser mucho menos mitómanos, ver un concierto de alguien a quien de alguna manera se admira y se respeta, tiene una trascendecia única. Pero la edad también nos hace ser más críticos, sin duda, y ya difícilmente dejamos pasar una. Una mala calidad del sonido, o una actitud poco entregada de los intérpretes nos puede aguar fácilmente un concierto sobre el que teníamos construidas grandes expectativas y por el que en algunas ocasiones puede que hayamos pagado mucho dinero. Y aún así una intenta quedarse con lo mejor, por eso seguiré yendo a conciertos.
Esto iba a ser una crónica del concierto de Nacho Vegas y Christina Rosenvinge el pasado 10 de octubre en Elche. Pero como el concierto fue un desastre en todos los aspectos (la Rosenvinge desafinando cosa mala, Nacho Vegas también bastante mal y unos músicos que parecían morirse de ganas de estar en cualquier otro lugar) he preferido convertir este post en otra cosa.

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