La música elevada

7 mayo, 2009 | Música | Un comentario


Omar Souleyman es un cantante sirio. Y, sin embargo, no sería extraño que hayáis oído hablar de él. Su nombre está en el cartel del Sónar 2009 y la revista Wire dedica un amplio reportaje a la gira que está llevando a cabo por Europa. Un artista no-occidental saltando del reducido ámbito de la world music (si alguna etiqueta musical merece ser considerada absurda, sin duda es ésta) no es algo que no hayamos visto antes. Pero sí que hay algo distinto en el caso de Souleyman, y es el género que practica, el dabke, género festivo y popular en su más amplia acepción. Se interpreta en fiestas y bodas, su circuito comercial es el de los mercadillos de cassettes, y buena parte de su público potencial son los taxistas de Siria, Líbano, Palestina o Jordania.

Cualquier forma de música popular comercial no es otra cosa que una depuración formal, una estilización, de estilos musicales rudimentarios. Esto lo consiguen unos estándares establecidos y un mayor desarrollo tecnológico. Pero hay algo en ese aspecto elemental y simple de cierta música que nos sigue moviendo, que nos hace retener en nuestras cabezas la melodía pegadiza del éxito del momento e incluso tararearla en los momentos más insospechados. Aunque desde nuestra prejuiciosa posición, decidimos rechazarla y preferimos convertirnos en defensores de la música elevada, capturamos al vuelo al grupo ignoto y rechazamos el politono anunciado en televisión. Sólo a través de la ironía seremos capaz de defender públicamente el último hit de Britney o de justificar que estemos canturreando a Nena Daconte.

La música de Omar Souleyman ha saltado directamente de los taxis de Siria a las salas de conciertos y los festivales europeos, y es difícil establecer si es esnobismo o es una pérdida de complejos al no reconocerlo como propio. Incluso una enrevesada combinación de ambos. Sublime Frequencies, el sello que publica a Omar Souleyman, ha hecho toda una filosofía de esa dualidad, recorriendo países que nos son lejanos, física y culturalmente, mezclando en su repertorio las grabaciones de campo, los sonidos de las radios locales y los grupos populares de esas regiones.

Quizá tan solo hacen falta 3500 kilómetros de distancia, como los que separan Siria y España, para deshinibirse completamente de complejos culturales. Puede que el Festival ATP esté más preparado para un concierto de Camela de lo que lo estaríamos muchos de nosotros.

Vídeo de Omar Souleyman