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LA LIGA DE LAS LANGOSTAS EXTRAORDINARIAS

A propuesta de la cabeza de la langosta (y yo que pensaba que te habías retirado de esto definitivamente), me uno a su idea de crear un nuevo grupo superheroico. Aunque no soy tan aficionado como él al mundo de las mallas de lycra en dos dimensiones, este tipo de herramientas/juego, como Hero Machine me resultan muy divertidas.

Mi personaje: Kazuki “el imapaciente”. Podría ser japonés, aunque su origen no está nada claro. Se rige por el código del samurai y, a pesar de su poco discreta indumentaria (algunos dicen que robada del vestuario del equipo nipón de gimnásia rítmica), es capaz de acceder a los lugares más insospechados, como los vestuarios de la mayor parte de los equipos femeninos federados de Tokio y Yokohama. Su habilidad con la katana es sólo comparable a su imapaciencia en su uso, lo que hace que su balance de víctimas esté casi al cincuenta por ciento entre villanos y ciudadanos normales y corrientes.

Como ves, cabezadelalangosta, te tomo la palabra. Impaciente estoy por ver si gano. Un saludo

VOLVER A LEER

Estoy volviendo a leer, y mucho. Y a comprar libros, mucho bolsillo y mucha segunda mano, aunque en realidad, siempre que he comprado ha sido edición de bolsillo o libro usado. Mi última fiebre lectora fue hace unos años, en los que encadené demasiados buenos libros, Las asombrosas aventuras de Cavalier y Klay de Michael Chabon, Middlesex de Jeffrey Eugenides, los artículos de Houellebecq, Desde mi cielo de Alice Sebold, casi todo Palahniuk… Imagino que al primer mal libro de esta racha, sentí que me merecía un descanso, un momento para tomar aire. Desde entonces hasta ahora he leído, claro. Y he seguido comprando libros, claro, pero no con esa ansia con la que libros de setecientas páginas terminan en tres días. Y de repente algo cambia, porque de repente leo La fortaleza de la soledad, de Jonathan Lethem, libro que podría ser mejor, pero al que cambiarle una coma sería delito. Y todo se desencadena. Me topo con libros que estaban en las librerías pero que yo no había visto. Me doy cuenta de que no he leído a Rodrigo Fresán ni a Roberto Bolaño. Me entero de que existe Javier Calvo. Y mi ansia lectora va creciendo y según voy descubriendo cosas nuevas más me ilusiono. Me apetece leer y me apetece leer sobre lo que leo, e incluso escribir sobre lo que leo. Y es que me resulta inevitable asociar lectura a felicidad. Soy así, qué le vamos a hacer.
Sé que esta racha acabará, es inevitable, cuando me tope con algún libro que me disguste. Pero de momento no tengo intención de parar. Y menos, ahora que gracias a Iberlibro y, sobre todo, a Abebooks (el primo americano de aquél) y a sus precios económicos en libros usados, tendré ocasión de ampliar mi biblioteca, ahora que los libros me duran tan poco, o para que cuando en el futuro reanude mis lecturas compulsivas, tener un fondo de estantería arreglado.

Este es el primer post que publico sin imágnes. Me da miedo hasta a mí.

TU CARA ME SUENA

¿Habéis comprado alguna vez un portafotos? Todos se venden con fotos de gente que no conocemos. Modelos anónimos y anónimas que quizá una sola vez en su vida posaron para un fotógrafo y cuya imagen ha formado parte de la vida de personas a miles de kilómetros de distancia durante un brevísimo espacio de tiempo. Fotos que hemos roto y/o tirado a la basura como la foto de una ex tras una ruptura traumática.

Leyendo uno de mis blogs favoritos, The Design Weblog, leo esta historia genial, que nos cuenta la historia inventada de Alicia. Historia inventada a través de las fotos de stock de esta modelo que, sin ella saberlo, ha sido utilizada para vender desde bolsos y carteras a servicios de citas para cristianos (¡!). La historia original, cortesía de la web Cockeyed, y elaborada por colaboradores de todo el mundo, es tremenda y, para mí, resume perfectamente lo que es internet: imaginación, colaboración y, sobre todo, spam.

AEROLITO, DIME TÚ

Era enero, como ahora. Hace ya cuatro años. Cuando todo el mundo se pitorreaba del Efecto 2000, que ni fue efecto ni fue nada, en España comenzaron a caer del cielo bloques de hielo. Cayeron y se les dio un nombre: aerolito. La palabreja en cuestión ocupó titulares de periódico, tertulias radiofónicas, sermones de las radios evangelistas… Y ahora voy y descubro que los aerolitos no se llamaban aerolitos, sino megacriometeoros. Ya no sabe uno qué creer.