El Niño, 2014 – ★★★½ (Crítica express en Letterboxd)

Daniel Monzón es un gran conocedor de los géneros populares del cine. Lo demostró con creces como crítico y, aunque como director ha tenido más tino en algunas ocasiones que en otras, con El Niño acierta de pleno.

En esta ocasión, y aunque la historia se desarrolle en el estrecho de Gibraltar y en el mundo del tráfico de hachís desde Marruecos, Monzón ha mirado hacia Hong Kong y su cine de acción reciente. A nivel formal es espectacular, y a pesar de que ciertos elementos de la trama (que quiere ser más compleja de lo que realmente es) al final quedan cogidos por un fino hilo, está bien escrita.

A nivel de actores, tiene interpretaciones muy sólidas y difíciles. Aunque en un producto de acción como este sería muy fácil que a los actores se les disparara el histrionismo, tanto el director como los protagonistas (muy bien Luis Tosar y fantástico Jesús Castro) han hecho un gran trabajo para contener aspavientos.

La verdadera lástima es que, sorprendentemente, la música de Roque Baños no esté a la altura del resto de la película, incluso restándole intensidad en algunos momentos. Pero en general El Niño está a la altura y consigue algunos momentos de gran eficacia.

Vía Letterboxd – Pepe Bermejo

Mi año Holmes

Arthur Conan Doyle / Benedict CumberbatchNo suelo ser constante ni metódico en mis lecturas. No lo he sido nunca ni voy a empezar ahora. Puedo saltar de una (otra) relectura del Cantar de Mío Cid a la primera colección de relatos de algún joven autor norteamericano.

Desde hace años siempre leo, al menos, dos libros al mismo tiempo: uno de ficción (novela, relato) y otro de no-ficción (sobre todo libros sobre cine o música, pero también algún libro de historia o alguna biografía). La narrativa para la noche y el resto, que se adaptan mejor a la lectura fragmentada, para algunas breves pausas durante el día.

A principios de 2011, un suceso me hizo pensar en cambiar: el estreno de la primera temporada de Sherlock, la serie de la BBC creada por Steven Moffat y Mark Gatiss y protagonizada por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman. Por lo que podía leer, esta modernización del personaje escondía muchas referencias, homenajes y juegos textuales hacia los relatos originales. Aunque la serie no me impresionó tanto como a la mayoría, sí me hizo considerar la enorme laguna holmesiana en mis lecturas. Y por qué no dedicarle el año. No solo con la lectura de los 56 relatos y cuatro novelas que conforman el canon de Sherlock Holmes, también con la biografía de Sir Arthur Conan Doyle  The Man Who Created Sherlock Holmes de Andrew Lycett y, de paso la revisión de dos películas, centradas en el personaje y su entorno, pero que en lugar de adaptar relatos de Doyle, narran historias apócrifas: El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, Barry Levinson, 1985) y La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, Billy Wilder, 1970)[1. Es curioso que, a pesar de no haber leído nunca un solo relato protagonizado por el icónico detective, estas dos películas sean de las que más veces he visto en mi vida.].

Es cierto que entre los 56 relatos y cuatro novelas, hay diversos grados de calidad literaria, pero solo un grado de diversión: el mayor de todos. Sherlock Holmes es literatura de entretenimiento al más alto nivel. Conan Doyle dotó a Holmes de un lenguaje tan especial que convirtió al personaje en un icono, mucho más que la lupa y la gorra de cazador. Y un narrador excepcional en la figura de Watson que, a través de unas escasas pinceladas aquí y allí se construye a sí mismo como personaje.

Aunque 2011 fue mi año Holmes, el personaje no me dejará de acompañar. Para empezar, con la lectura del guión de La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder y I. A. L. Diamond, ya que la accidentada producción de la película hizo sacrificar prácticamente la mitad del guión. Quién sabe qué más.

¿Por qué estás en una fiesta si estás triste?

Beginners, Mike Mills

¿Por qué estás en una fiesta si estás triste?, le escribe una afónica Anna (Mélanie Laurent) a Oliver (Ewan McGregor) en Beginners. Pues porque la vida es así de compleja, y no está sujeta a la esclavitud de los géneros literarios. Supongo que todo sería mucho más fácil si las distintas etapas de nuestra vida tuvieran un marcado tono uniforme, con una banda sonora y una iluminación acorde, pero no es así como funciona.

Beginners nos transmite el enamoramiento y la pérdida, la belleza de conocer a alguien que acabas de encontrar y la desolación de perder a quien, estando cerca toda tu vida, sólo ahora estabas llegando a conocer. Mike Mills juega con sus propios recuerdos (la película está basada en su propia historia con su padre), pero también con los recuerdos colectivos. Al presentar las épocas clave en el relato, las enmarca con una sucesión de imágenes genéricas, reconocibles y por tanto compartidas por autor y espectador. Al fin y al cabo, las experiencias contadas por Mills (perder, enamorarse) son las más universales.

Angelopoulos

Theo Angelopoulos, El viaje a Citera

El nombre de Theo Angelopoulos irá siempre estrechamente unido a mi propia historia como aficionado al cine. Ser adolescente y tener un hambre voraz de cine a principios de los 90 podía ser fantástico (¿cuándo no lo ha sido?). No tenía foros de cine clásico ni blogs, pero tenía la crítica de José Luis Guarner cada mes en el Fotogramas (también en televisión cada semana con el recién estrenado Días de Cine junto a Daniel Monzón) y, sobre todo, tenía Cine Club, en La 2, donde cada noche grababa la película que hicieran para verla la tarde siguiente. Cine de todas nacionalidades y épocas, siempre en versión original subtitulada.

Theo AngelopoulosLo cierto es que apenas guardo recuerdos de qué películas vi en aquella época. Sí recuerdo Trono de Sangre de Kurosawa y La muerte del maestro de la casa de te, de Kei Kumai en un ciclo dedicado al cine japonés; y recuerdo El viaje a Citera, de Angelopoulos. Pocas películas me han dejado tal huella en mi vida. Me cuesta creer que con 16 o 17 años pudiera apreciar todo lo que esta película contiene, pero aún así algunas de sus imágenes no me han abandonado en estos años y la sigo considerando una de mis películas favoritas.

Por esa misma época, también se emitió Los cazadores (seguramente se tratase de un ciclo dedicado a Angelopoulos, aunque no recuerdo ninguna otra película). Cuando iba cerca de la mitad de sus dos horas y media de duración, la emisión fue interrumpida para retransmitir en directo un partido de tenis que se disputaba en algún lugar del mundo cuya diferencia horaria impidió me ver el final de la película.

Es curioso, pero nunca terminé de ver Los cazadores. Esos foros de cine clásico de los que hablaba al principio la ofrecían y hoy en día hasta existe una magnífica edición española de toda su filmografía en DVD gracias a Intermedio. Ahora que Theo Angelopoulos ha fallecido, terminar de ver Los cazadores podría ser mi particular homenaje. Pero no podré evitarlo y volveré a ver El viaje a Citera.

 

Cine y tiempo (libre)

Nader y Simin, una separación

Andrei Tarkovsky consideraba el cine como el arte de esculpir en el tiempo. Para muchos aficionados al cine, sin embargo, el tiempo es la mayor de nuestras limitaciones. Al menos lo es en mi caso. Son pocos los momentos del día (más bien de la noche) que quedan para ver alguna película. O al menos parte de una, porque pocas son las películas que he visto enteras de tirónen los últimos años. Y ese es un gran motivo por el que las series, que aceptan mejor un visionado fragmentado, además de por la asombrosa calidad de algunas de ellas, han ocupado ese tiempo. ¿Qué hacer con ese tiempo que queda para el cine? ¿Qué películas elegir? ¿Qué criterio seguir?

Mejor déjà-vu que jamais-vu
Qué le voy a hacer si solo el olor de rollito de primavera me da ganas de ver Golpe en la Pequeña China. Y eso en el mejor de los casos, porque para volver a ver las tres películas de Regreso al futuro ni siquiera me hacen falta motivos.  Lo mismo puedo decir de James Bond o casi todo el cine americano de los años 30 y 40 que ya he visto. ¿Cómo puede competir la incertidumbre contra un par de horas de entretenimiento asegurado?

Productos de contrastada solvencia
Las marcas en general me suelen decir muy poco. Pero en cuestión de cine, hay ciertos nombres que han conseguido llevar un paso más allá la pasión del cinéfilo. No es lo mismo El ángel exterminador que El ángel exterminador de Criterion. Lo mismo se puede decir de Arrow Video para el terror y los exploitations. Son ediciones con una calidad excepcional, y además tienen un estupendo criterio (ahí he estado fino, ¿eh?) editorial. De la misma manera, hay nombres que también funcionan como marca: no se puede hacer ascos a un Marvin LeRoy,  a un Fritz Lang, o a un Kurosawa.

En estos momentos me esperan una pila de Criterions de Ozu, tres Satyajit Ray que todavía no he visto de Artificial Eye, Tenebrae de Argento con comentarios de Kim Newman, un par de miniseries de la BBC policiales y de espías de los 70 y los 80, y casi todas las películas de una caja de 21 DVDs de la Hammer. Con todo eso pendiente, querer aventurarse con una película que solo tiene como mérito salir en las listas de lo mejor del año pasado de un puñado de críticos no parece ni siquiera razonable.

Y sin embargo… 
De vez en cuando surge un impulso de ver alguna de esas películas de las que críticos y bloggers de cine hablan. No con desconfianza, porque a pesar de lo que pueda parecer, no soy un espectador prejuicioso. En los últimos días he visto Anticristo y Melancolía de Lars Von Trier, Carlos de Olivier Assayas, Bridesmaids de Paul Feig,  Super 8 de JJ Abrams y Nader y Simin, una separación de Asghar Farhadi. Se podría decir que he ido a lo seguro, ya que estas películas han ocupado

Sobre las dos últimas películas de Lars Von Trier, me extenderé más (bastante más, aviso) en breve, pero puedo avanzar que me han impresionado, sobre todo Anticristo. Carlos, vista en su formato de miniserie, es tremenda. Este relato de tono épico sobre un loser con aspiraciones de estrella atrapa, e incluso parece difícil que pueda reducirse sin perder la eficacia, sobre todo de la parte central del asalto a la cumbre de la OPEP. Bridesmaids es la única que no me ha terminado de gustar. Le reconozco muchos méritos a la película y tiene momentos francamente divertidos, pero Appatow y sus satélites deberían saber que las comedias de más de 100 minutos de duración están reservadas para muy pocos. Super 8 es fantástica. Un homenaje a un tipo de cine, el blockbuster familiar de los 80, que no requiere de artificios ni reflexiones post-modernas ni miradas irónicas para justificarse. Nader y Simin, una separación merece un párrafo aparte.

Siempre he considerado vacío un determinado cine de ideas. Aquel cine que solo se interesa por transmitir su mensaje, vacío de forma y de contenido. Un cine que ha escurrido el bulto como denuncia social cuando sus obras no eran más que apáticos monumentos al ego de sus creadores. Imaginaba que Una separación sería una de esas películas. No podía estar más equivocado. La herramienta más sólida con la que cuenta la película de Asghar Farhadi es su guión. Una estructura muy elaborada con una gran atención a los más pequeños detalles. Con más raíces en el neorrealismo italiano de los 50 que en el cine iraní de los noventa, Nader y Simin, una separación la trama tiene menos que ver con la separación que da título a la película (aunque finalmente todo acaba volviendo a ella) que con cómo los personajes utilizan las mentiras, las verdades omitidas y las medias verdades para justificar su posición ante los demás personajes. Posiciones injustificables a medida que pequeños acontecimientos les va arrastrando poco a poco a ser quienes no quieren ser.

Nader y Simin, una separación es un ejemplo de que en ocasiones el consenso crítico (casi universal en el caso de esta película) es acertado. Y que hay películas contemporáneas que merecen la pena un hueco entre Ozus y Rays.