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No lea todavía… Hágalo después de la publicidad.

Amazon va a lanzar ua versión de su libro electrónico, el Kindle, a un precio reducido (con un descuento de 25$ —un 18% de su precio actual—, pasa a costar 114$), a cambio de incorporar anuncios. Lo han llamado  “Kindle with Special Offers” (Kindle con ofertas especiales). Un par de cosas que hay que dejar claras sobre los anuncios que mostrará el Kindle:

  • Los anuncios no interfieren en el texto de los libros. Sólo aparecen como salvapantallas cuando el dispositivo está apagado o en el menú de inicio (el índice de libros). Por lo tanto, no será como los anuncios de televisión, ni  como los de Spotify, ni siquiera como los de las revistas, que muchas veces comparten página con el contenido. Actualmente las imágenes que aparecen actualmente en el Kindle cuando duerme son: la descripción de la palabra kindle sobre la silueta de un hombre leyendo un libro bajo un árbol, unos pájaros (seguramente inspirados por esto), Virginia Woolf, Julio Verne, una página de un códice medieval, Jane Austen, Ralph Ellison, Harriet Beecher Stowe, Emily Dickinson, una ilustración de las constelaciones Hércules y Ofiuco, una ilustración de un astrónomo y una mujer con un sextante gigante, Mark Twain, una pintura del siglo XVI representando a la Sibila Samia, unos peces, John Steinbeck, Erasmo pintado por Hans Holbein, un grabado de Durero representando a San Jerónimo en su gabienete, un retrato de Alberto de Brandenburgo —también de Durero—, Charlotte Brontë, corte y planta de la Villa Capra, Agatha Christie, Alejandro Dumas y un grabado de una calculadora con la información de soporte del aparato.
  • Los anuncios estarán orientados (geográficamente, por edades, por hábitos de consumo de libros, etc.), por lo que en un principio los anuncios serán “relevantes” para el consumidor. Aunque lo de la relevancia en la publicidad online es un invento de los expertos en marketing online para vender más espacios publicitarios, sí que puede dar juego: alguien que haya comprado mayoritariamente literatura francesa podrá ver anuncios de paquetes de vacaciones a París.

Las críticas no tardaron en llegar y, como casi todo lo que tiene que ver con libros electrónicos, no sin cierta polémica. Las primeras críticas trataban sobre la propia presencia de publicidad en los libros (electrónicos o no). Pero la publicidad en los libros no es un invento nuevo. De hecho, en los años 70 del siglo pasado, ciertos libros de bolsillo —formato que vivía un nuevo boom— servían como soporte publicitario.

Después el tema pasó a ser si los 25 dólares de descuento acaso no era poco dinero a cambio de convertirse en destinatario de anuncios durante toda la vida útil del dispositivo. Este debate es muy subjetivo. Para algunos será un descuento suficiente para algunos, otros han vaticinado ya que el Kindle llegará inlcuso a ser gratis en algún momento, como ocurrió con los teléfonos móviles.

Yo lo compré en febrero a su precio actual de 139$, al cambio y añadiéndole los gastos de envío, poco más de 140 euros. Ese precio me pareció correcto. En estos dos meses han sido muchas las horas de lectura de las que he disfrutado con el aparato entre libros y artículos de prensa y blogs con Instapaper, así que yo lo doy por amortizado. Si esos 140€ me parecían un precio adecuado para el servicio que presta el objeto, aceptaría la posibilidad de comprarlo 17 euros más barato. Lo de la publicidad no es un obstáculo. Vivimos rodeados de publicidad, y eso nos ha hecho ciegos a determinado tipo de publicidad. Cada día vemos en internet banners de todo tipo de juegos, sitios de ofertas, de sitios de citas, de los que seríamos incapaces de recordar sus nombres; muchas veces podemos recordar los anuncios de televisión, sus canciones, sus frases y eslóganes, pero no podemos asociarla con qué producto anunciaban. Si en estos dos meses no he sentido tentación de leer ni a Virgina Wolf, ni a Verne, ni a Steinbeck, ni de comprar un sextante, ni de añadir un león a la decoración de mi despacho, ¿por qué me iba a importar que estos sean sustituidos por anuncios a los que tampoco haré caso? Si quiero leer a Mark Twain será por otros motivos, no porque un aparato me lo diga.

Unos días después de aparecer la noticia de la incorporación de publicidad en el Kindle, recibí el nuevo número de Eñe, la revista literaria. Como cada número, se trata de un ejemplar temático, con relatos (y poesía, de Luis García Montero) sobre bares y que están recogidos bajo el título general “Un gin tonic, por favor”, aunque en el avance del número anterior aparecía anunciado como “Dry Martini”.

Eñe, como cualquier revista (incluidas las literarias), cuenta con publicidad para financiarse. Básicamente los anuncios pertenecen a estas categorías: fundaciones y obras sociales de bancos y cajas, artículos de consumo de semilujo (relojes, perfumes, coches) y grandes corporaciones. Esos anuncios, cabe decirlo, nunca aparecen en medio de las obras literarias, sino antes y después del bloque destinado a las obras de ficción, que es el principal atractivo de la revista.

Abrí la revista y en la contraportada aparecía un anuncio de una exposición del Guggenheim Bilbao, pasando página, un anuncio a doble página de un libro editado por la Fundación Telefónica, un anuncio a doble página de Iberdrola, un anuncio a doble página de la ginebra Bombay Sapphire,… ¡Un momento! Un anuncio de ginebra, en una revista que lleva por título “Un gin tonic, por favor”. Interesante, pero pasemos página. Tras el sumario, un anuncio de un reloj, habitual en cada número, pasamos la página y encontramos un anuncio a doble página de Beefeter 24, y unas páginas más adelante, uno de tónica Fever-Tree (claro, faltaba la tónica). Si seguimos avanzando, veremos un anuncio de la coctelería madrileña Belmondo y, antes de llegar al final de la revista, encontraremos un anuncio a doble página de otra ginebra, Nº3 London Dry Gin. De hecho, pensándolo bien, el cambio del título “Dry Martini” a “Un gin tonic, por favor” (de mencionar una marca sin recibir compesación a conseguir cinco anuncios) no puede ser casualidad. No me extrañaría que en próximos números encontremos números temáticos dedicados al automóvil o destinos turísticos.

Ya lo he dicho, no me molesta la publicidad. De hecho, si gracias a la publicidad, una revista como Eñe puede seguir existiendo, bienvenida sea. Y si gracias a ella, alguien tiene más fácil acceder a un dispositivo de lectura, me parece estupendo.

Se abren comillas

Tengo un libro electrónico (no me gusta lo de lector electrónico o ereader, el lector soy yo) después de mucho meditar su compra. Es un Kindle de Amazon, y el aparato en apenas unos días se ha convertido para mi ya en algo tan imprescindible como mis gafas.

Por enumerar algunas de sus virtudes, sólo por la posibilidad de cambiar el tamaño de la fuente y el interlineado ya merece la pena. Pero si una característica sobresale del resto en mi opinión es la del subrayado. Subrayar una frase o un párrafo no sólo es fácil (se hace con un pequeño cursor), sino que el texto subrayado se añade además a un archivo de texto fácilmente exportable y editable, convertido en una cita. Por eso revive este blog, porque ahora gracias a mi Kindle y a un servicio como Instapaper (un agregador de enlaces que los convierte automáticamente en una especie de revista, ideal para leer textos extensos publicados en internet) puedo citar fácilmente lo que me llama la atención de lo que leo.

Y para empezar, qué mejor que hacerlo que comentando un texto sobre la experiencia de otro usuario de este mismo modelo de libro electrónico, Ramón González Férriz, que cuenta en Letras Libres sus primeros 40 días con un Kindle. Y empezamos por lo que resume perfectamente lo que tanto González Férriz como yo pensamos:

Leer un libro electrónico en un lector de libros electrónicos es nada más y nada menos que leer un libro.

Yo añado que, dependiendo del libro, es incluso más. Hace unos meses compré Grandes esperanzas de Charles Dickens, en la edición en inglés de Penguin Popular Classics, muy barata, sí, pero con un tamaño de letra que, para mí, lector de los minutos —a veces, horas— previos al sueño, suponía todo un reto que no iba a superar, motivo por el que el libro ha sido adelantado en mi columna de pendientes por otros libros más “cómodos”. Ahora, descargado de Project Gutenberg, ya está en mi libro electrónico y cuando termine de leer todo Sherlock Holmes, que es lo que me ocupa ahora mismo, le hincaré el diente. Y esto abre el camino para otros libros que ni siquiera había comprado por motivos similares.

En cuanto al acto físico de leer, a González Férriz le sorprende cuán parecido es a leer un libro impreso:

al cabo de unas pocas horas de usarlo ya me había dado cuenta de algo: para mi sorpresa, el acto de leer en él es increíblemente parecido, física y mentalmente, a leer un libro de papel: la inclinación de la cabeza, el movimiento de los ojos, los gestos de las manos para sostenerlo y pasar página, la postura del tronco y las piernas; el tipo de concentración: todo es muy, muy parecido a leer un libro encuadernado

El que el libro electrónico funcione con tinta electrónica y no una pantalla de LCD que emite luz, como las tablets, es un factor importante para ayudar en esta magnífica experiencia de usuario. Y yo añadiría otro factor más: el tacto. Aunque existen fundas protectoras, no creo que sea un complemento imprescindible, y la textura del material con el que está fabricado el Kindle, un material muy suave y agradable, lo aleja del plástico habitual en los gadgets.

¿Voy a dejar de comprar libros en papel? No. De hecho, la misma mañana que recibí el aparato, realicé una compra de cinco libros a Iberlibro. Entiendo a Gomzález Férriz cuando dice “me encanta mi cultura del papel impreso y me encanta la tecnología que va a acabar con ella, o al menos a marginarla”, pero también me gustaría que los libros dejaran de invadir físicamente mi espacio vital, como está sucediendo. Ramón González Férriz lo ve más claro:

sí creo que los libros electrónicos pueden acabar con los libros de papel, porque sirven exactamente para lo mismo, pero sirven mejor,

En que sirven mejor, sí que estoy de acuerdo. Y los editores se quejan (los de aquí, los de allí ya le empiezan a ver el lado bueno al negocio), también los monjes copistas se echaron las manos a la tonsura con la llegada de la imprenta, pero como bien dice en su artículo González Férriz, “la cultura es tecnología”, y eso no se puede negar.