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Se abren comillas

Tengo un libro electrónico (no me gusta lo de lector electrónico o ereader, el lector soy yo) después de mucho meditar su compra. Es un Kindle de Amazon, y el aparato en apenas unos días se ha convertido para mi ya en algo tan imprescindible como mis gafas.

Por enumerar algunas de sus virtudes, sólo por la posibilidad de cambiar el tamaño de la fuente y el interlineado ya merece la pena. Pero si una característica sobresale del resto en mi opinión es la del subrayado. Subrayar una frase o un párrafo no sólo es fácil (se hace con un pequeño cursor), sino que el texto subrayado se añade además a un archivo de texto fácilmente exportable y editable, convertido en una cita. Por eso revive este blog, porque ahora gracias a mi Kindle y a un servicio como Instapaper (un agregador de enlaces que los convierte automáticamente en una especie de revista, ideal para leer textos extensos publicados en internet) puedo citar fácilmente lo que me llama la atención de lo que leo.

Y para empezar, qué mejor que hacerlo que comentando un texto sobre la experiencia de otro usuario de este mismo modelo de libro electrónico, Ramón González Férriz, que cuenta en Letras Libres sus primeros 40 días con un Kindle. Y empezamos por lo que resume perfectamente lo que tanto González Férriz como yo pensamos:

Leer un libro electrónico en un lector de libros electrónicos es nada más y nada menos que leer un libro.

Yo añado que, dependiendo del libro, es incluso más. Hace unos meses compré Grandes esperanzas de Charles Dickens, en la edición en inglés de Penguin Popular Classics, muy barata, sí, pero con un tamaño de letra que, para mí, lector de los minutos —a veces, horas— previos al sueño, suponía todo un reto que no iba a superar, motivo por el que el libro ha sido adelantado en mi columna de pendientes por otros libros más “cómodos”. Ahora, descargado de Project Gutenberg, ya está en mi libro electrónico y cuando termine de leer todo Sherlock Holmes, que es lo que me ocupa ahora mismo, le hincaré el diente. Y esto abre el camino para otros libros que ni siquiera había comprado por motivos similares.

En cuanto al acto físico de leer, a González Férriz le sorprende cuán parecido es a leer un libro impreso:

al cabo de unas pocas horas de usarlo ya me había dado cuenta de algo: para mi sorpresa, el acto de leer en él es increíblemente parecido, física y mentalmente, a leer un libro de papel: la inclinación de la cabeza, el movimiento de los ojos, los gestos de las manos para sostenerlo y pasar página, la postura del tronco y las piernas; el tipo de concentración: todo es muy, muy parecido a leer un libro encuadernado

El que el libro electrónico funcione con tinta electrónica y no una pantalla de LCD que emite luz, como las tablets, es un factor importante para ayudar en esta magnífica experiencia de usuario. Y yo añadiría otro factor más: el tacto. Aunque existen fundas protectoras, no creo que sea un complemento imprescindible, y la textura del material con el que está fabricado el Kindle, un material muy suave y agradable, lo aleja del plástico habitual en los gadgets.

¿Voy a dejar de comprar libros en papel? No. De hecho, la misma mañana que recibí el aparato, realicé una compra de cinco libros a Iberlibro. Entiendo a Gomzález Férriz cuando dice “me encanta mi cultura del papel impreso y me encanta la tecnología que va a acabar con ella, o al menos a marginarla”, pero también me gustaría que los libros dejaran de invadir físicamente mi espacio vital, como está sucediendo. Ramón González Férriz lo ve más claro:

sí creo que los libros electrónicos pueden acabar con los libros de papel, porque sirven exactamente para lo mismo, pero sirven mejor,

En que sirven mejor, sí que estoy de acuerdo. Y los editores se quejan (los de aquí, los de allí ya le empiezan a ver el lado bueno al negocio), también los monjes copistas se echaron las manos a la tonsura con la llegada de la imprenta, pero como bien dice en su artículo González Férriz, “la cultura es tecnología”, y eso no se puede negar.

Roland Barthes reseña “Pac-Man” y otras visiones alternativas del pasado

La casualidad ha querido que  justo en el momento en el que estoy leyendo Fragmentos de un discurso amoroso del semiólogo francés Roland Barthes, en la siempre interesante web de McSweeney’s, me encuentro con este brillante texto: “Roland Barthes reseña Pac-Man”.

Paradójicamente, cada nivel se presenta como el único nivel: el único nivel que existe y el único que existirá. Ninguno reconoce el anterior o el siguiente, enmascarando la linealidad de la narrativa. Pac-Man y la Sra.  Pac-Man nos dicen que no hay escapatoria: huyen por la izquierda de la pantalla, y reemergen, milagrosamente, por la derecha de la pantalla. Jr. Pac-Man promete una nueva clase de movilidad, permitiéndonos movernos hacia delante y hacia atrás entre pantallas, y aún así él también encontrará un límite.

La ironía se revela a sí misma: los fantasmas, no importa cuántas veces sean capturados, reemergerán, pero nuestro Pac-Man expirará inevitablemente.

Pura casualidad, vía Kottke, descubrí el proyecto ALT1977: We Are Not Time Travelers, del diseñador Alex Varanese, en el que ha imaginado cómo serían los productos de tecnología de consumo (consolas de juegos portátiles, ordenadores, reproductores de música, teléfonos móviles) de haber sido diseñados a finales de los años 70 y, lo que es mejor, ha imaginado cómo serían los anuncios de prensa de esos productos.

Todo un homenaje a la publicidad de los 70.

Volver a nacer con un TB-303

En el último número de la revista Wire, el 303, Peter Shapiro dedica un Primer (sección no fija de la revista que repasa la trayectoria de un artista o de un instrumento a lo largo de la historia) precisamente al Roland TB-303 (¿nadie había caído acaso en la coincidencia con el número de la revista?), el secuenciador de líneas de bajo que fracasó en su intento de emular el sonido de un bajo de verdad pero que acabó definiendo el sonido de todo un género musical, el Acid.

En cierto momento del reportaje, Shapiro menciona de pasada los “pobres intentos”, según él, de emular el 303 en software. En ese momento, desconecté del contenido del artículo y me puse a recordar las muchas horas dedicadas a juguetear con ReBirth, uno de los mejores juguetes musicales de la historia.

Este programa consistía en una emulación de precisamente dos secuenciadores 303, dos cajas de ritmos clásicas, también de Roland (la TR-808 y la TR-909) y algunos efectos muy básicos. A cualquier amante de los sonidos retro, este programa podía proporcionarle tantas horas de entretenimiento como el más adictivo de los videojuegos.

Era por tanto el momento de recuperar esa joya del software musical, y a eso fui cuando, para mi sorpresa, resultó que Propellerhead, la empresa que desarrolló el software, había dejado de vender el producto para, atención, ofrecerlo libremente para su descarga a través de la web Rebirth Museum, desde donde se puede descargar un torrent con una imagen de CD del programa lista para su instalación.

Yo no soy nadie para contradecir a Peter Shapiro sobre la calidad de la emulación de Rebirth respecto a los aparatos originales, lo que sí que sé es que este programa, aún me va a proporcionar unas cuantas horas de diversión musical.